Marito

Marito

Con mi prima inventamos una ficción sobre un hombre que nunca cerraba la heladera y lo terminaban agregando como nuevo trastorno en el DSM VI.
Lo empezaban a medicar a sus tiernos 19 años lo cual propulsaba un cambio radical en su imagen corporal: perdía las cejas y se volvía obeso además de adquirir los consiguientes cambios en su humor (ahora más estable pero también más apagado), alguna que otra dificultad cognitiva y un devenir hacia el ostracismo más puro.
Los doctores estaban contentos porque ahora Marito tenía la intención de cerrar la heladera, algunas veces no lo lograba del todo porque padecía de una debilitación de sus músculos a causa de la medicación, pero la sola voluntad de hacerlo les parecía suficiente indicio de su mejoría.
Felices los doctores y su familia, un día, Marito, mirándose en el espejo largamente tras la capa de peso y de cansancio que cubrían el cuerpo de aquel joven que una vez había sido ligero y sagaz, decidió saltarse la pastilla.
Se puso su mejor camisa y antes de salir por la puerta para dirigirse al auto, abrió la heladera que se encontraba cerrada. Tampoco cerró la puerta de calle y tras de sí también se escapó su perro.
Subió al auto Marito sin un peso en el bolsillo, sin cejas, habiendo perdido la identificación con lo que supuestamente se es. Ni carne, ni mente, ni historia, tan solo potencia infinita. Y manejó directo hasta el atardecer escuchando Roadhouse Blues.
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